Sí, es exactamente como suena, me tocó conseguir un abogado para
graduarme de la universidad…
El conocido dicho “va tocar conseguirle abogado para sacarlo de la
universidad”, que aplica para quienes tardan demasiado en terminar sus
estudios, se me convirtió en una realidad. Si bien es cierto que me demoré, por
cuestiones más económicas que académicas, finalmente me tocó hacer uso
de los servicios de un abogado para poder recibir mi cartón de Comunicador
Social.
La cuestión es que cuando ya tenía lista la pinta, les había calentado las orejas
a mis papás, lo había hecho público entre mis amigos y a menos de un mes de
estrenar toga y birrete, me desbarataron la ilusión de graduarme en diciembre.
De la forma más informal e inadecuada, la coordinadora de programa me
informó por medio de un correo electrónico que no me podía graduar porque
tenía un problema con una nota… me aparecía perdida. Cosa extraña, puesto
que ya ella, Registro y Control y la directora de la sede habían firmado los paz
y salvos (cosa que se hace luego de una minuciosa revisión, creería yo) que
certificaban que no tenía nada pendiente y podía acceder al título.
Así que revisé cuidadosamente el registro de notas y, efectivamente, de un
bloque de tres cursos uno me aparecía perdido y otro con doble nota aprobada.
¡Ah cosas! Asumí esto como un error normal en la universidad, ya que no es
raro que allí se presenten este tipo de situaciones. Creí que era cuestión de
diligenciar el cambio y listo, podía chantarme la toga y el birrete tranquilo, pero
resultó que la cosa se fue más allá de lo esperado. Total, me quedé como
novia de pueblo: vestido y alborotado.
Ya habiendo agotado el conducto regular, me pasé al irregular: presenté un
derecho de petición, el cual pasaron sin precaución, pues lo respondieron un
mes después y además dándome como única solución matricular el dichoso
curso (pagándolo, obviamente) que podría ver en tan sólo dos meses. Es decir,
tras de que no me solucionaron la situación, me tocaba pagar de más y ver un
curso a medias ¡Viva la educación pública, carajo! ¡Viva la UNAD!
Como la irregularidad no tuvo una solución satisfactoria, pasé a hacer uso de
mi derecho democrático de exigir por vía judicial el título al que me había hecho
acreedor al haber culminado a satisfacción (mía) con el pénsum académico. A
través de un abogado amigo interpuse una acción de cumplimiento contra la
UNAD, ya que según documentos firmados por los funcionarios responsables
(adjetivo que realmente dudé en adjudicarles), merezco y cumplo con todos los
requisitos exigidos por la institución y el artículo 24 de la ley 30 de 1992 para
obtener el título de Comunicador Social.
Ahora me encuentro a la espera de que el juzgado, con las pruebas
presentadas, en las que consta que toda esta situación obedece a una serie
de negligencias administrativas por parte de los funcionarios de la institución,
falle a mi favor para poder esta vez celebrar, aunque ahora sin toga y birrete,
ni las tradicionales fotos con el diploma, el dichoso grado que tantos sacrificios,
trasnochadas, madrugadas y dolores de cabeza me ha costado.
PD.
Uno años atrás escribí este texto y ahora que lo reencontré en archivos viejos debo contarles qué: el resultado de la demanda fue negativo y tras encuentros en los estrados, la universidad me “facilitó” presentar un exámen de conocimiento para lograr la nota y cumplir así los requisitos de grado. Debo decir que esto retrazó casi un año más mi graduación y uqe nunca pero nunca estudiaría de nuevo en la UNAD y mucho menos llegaría a recomendarla.


